Espacio para la fortuna

La escena empieza quieta, parada, vacía.

En un lateral del escenario, ella. Alta, extremadamente delgada, de pie y dando la espalda al público. Un vestido suave, liviano, abraza su cuerpo. Es de raso y le llega hasta el tobillo.

Él, en el extremo opuesto, también de pie, mirando al público. Se encuentra rodeado por una pila de sillas de madera oscura. Sonríe. Inaccesible. Ha creado su espacio, con sus propias barreras.

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Acompañada del silencio que se esconde en la música, totalmente a oscuras, empieza a explorar el espacio. A tientas, a pasos cortos. Sus muñecas miran hacia el techo y va con las manos extendidas como esperando coger algo que merezca la pena.


En su vagar, solo vacío. Nada más que su respiración y el ruido de sus pies arrastrando por el suelo. Eleva sus brazos, por si acaso lo rozase, de casualidad. Se arrastra varios metros sobre sus rodillas, cambiando de perspectiva, como si él se le estuviese escapando entre los dedos, como la arena.


Recorre todo el escenario y se da cuenta de lo grande que es el mundo, como para encontrarle. Comienza la música, intensa, instrumental. Cada nota le golpea en el centro del pecho. Siente esa desazón de que, quizás, el espacio sea demasiado. Con la yema de los dedos, recorre desde su hombro izquierdo hasta el borde del vestido que le roza el escote, intentando despertar esa brújula interna que le pueda acercar a él. Se acaba erizando la piel del corazón.


Respira, eleva sus costillas, sus clavículas. Guiada por su pecho, como si le tirasen de un cordel, acelera el paso. Primero, sin sentido, aleatorio. En su huida, choca con alguna de las sillas, a la altura de sus rodillas. Cae. Se levanta. De manera instintiva, lleva sus manos al lugar del golpe, doblando su cuerpo. Se recompone, recupera su altura y sigue su intuición.


De repente, para. Frente a él. Lo escucha, sabe que está ahí, compartiendo lugar con ella, aunque algo distante. Lo mira, anhela tocarle, atraparle, que abra su círculo.

Sube su brazo desde la media pierna, pegado, pasando por la cadera; recorre todo su perfil con el exterior de la mano, la curva de su pecho, mientras va tirando del codo hacia arriba. Llega a su cuello y se detiene. Lo roza con las uñas y cierra los ojos, imaginando la piel de él. Con un movimiento serpenteante rodea su barbilla y toca con los nudillos sus labios, mostrando la palma a los espectadores.


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Ya no es sus, de ella; sino sus, de él. Sus labios. Su barbilla. Su piel.

Conmovido por la imagen de su sensibilidad, rompe el círculo que los separa. No es que haga espacio dentro de su espacio, sino que sale al mundo con ella, se abre en canal. La toca, la besa, la abraza. Simplemente, está. Simplemente, presente. Simplemente, ellos.


Sienten la fortuna de tenerse pues, es cierto, lo es.
"Tantos mundos, tantos siglos, tanto espacio y coincidir".









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