Vero y Mati


Matías estaba apoyado en la mesa de la cocina, echando un vistazo a su alrededor. Sabía que podría acostumbrarse pronto, incluso a tener compañera de piso. Era una de sus virtudes; saber adaptarse y, por qué no decirlo, ser simpático.
Todo iría bien.

Con lo que no contó, fue con la prisa de ella. Era un torbellino y siempre tenía la sensación de no llegar y, cuando lo hacía, muchas veces, ya era tarde.

Al entrar por la puerta, cargada de bolsas hasta las cejas, le pasó totalmente desapercibido. Ni tan siquiera lo vio. Y eso que él, la estaba esperando con una amplia sonrisa.
¿Cómo podía ser? ¿Sería así siempre?
Sin duda, no fue su mejor comienzo, no fue "el mejor pie".

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Verónica llevaba, apenas, unos minutos en su nuevo hogar y ya había soltado todas sus cosas encima de la cama. Los coloretes la delataban. Estaba abrumada. ¿Dónde pondría toda su ropa? Sin duda, no contaba con haber llevado tantas cosas de primeras.

Decidió salir de la habitación y entrar en una estancia un poco más amable... En el salón vio las cajas que había llevado el día anterior. Todos esos libros... ¿Tendría tiempo para leer tantos en esos meses? ¿Por qué había cogido algunos que ya había leído? Sin duda para dejarlos, recomendarlos.
Pero también se agobió.

La cocina. La cocina iba a ser una buena decisión. No había llevado nada más que sus tazas favoritas de desayuno. Ahí, no podía haber estrés, iba a terminar pronto de ponerla a su gusto. Cuando acomodó lo poco que aportaba a ese espacio, cogió el trapo de cocina para limpiar una gotitas de agua que había tirado al servirse un vaso. Y ahí, justo en ese momento, fue cuando le tocaron la mano.
Era Matías tratando de captar su atención.

Totalmente horrorizada por aquel atrevimiento, dio un salto y agitó el trapo tratando de cortar la situación y sacarlo fuera. No esperaba tener compañero de piso. Nadie le había avisado. Sin dudarlo, dejó el trapo en la terraza y cerró la puerta, no fuera a ser que se le ocurriera hacer la misma jugada otra vez.

Él, un poco avergonzado y en el suelo, se quedó patas arriba con su trapo, pensando qué había hecho mal con ella. ¿Quizás rozarla sin preguntar? No se reponía de la sacudida y pensó que su sensación con ella siempre sería así.
A los pocos segundos, con una pizca de arrepentimiento, Verónica abrió, le dio la vuelta y le deseo un buen viaje.

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Continuaron los días de adaptación, en los que el ritmo de ella no cesó. Seguía llegando tarde a cualquier lugar y la lista de cosas por hacer, no paraba de crecer.

Una mañana, cuando estaba bajando la basura en el ascensor, a medio segundo de que se cerrase la puerta, Matías se coló y esta vez le tocó la pierna. La miraba fijamente, tratando de expresar todo lo que sentía por ella, lo loco que estaba desde que la conoció y lo duras que habían sido estas semanas. Todo sin palabras, en un lenguaje que esperaba que ella, en su absurda conexión, pudiese entender.

Verónica salió corriendo y subió a su coche, casi sin que Matías tuviese tiempo para abandonar el portal. Le daba vueltas a su cabeza, indignada por la escalada que estaba habiendo en su atrevimiento. ¿Quién le había dado permiso?

Aun así, siguió con su trayecto y, atrapada en la vorágine de la ciudad, recordó lo que le decía siempre su abuela: conocer a alguien así, de improvisto y vestido de verde, da suerte.
En ese momento, vio algo de color rodeado del gris del día y lo supo.
Era para ella.
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Fue para casa lo más rápido que pudo. Iba revisando todos los rincones por si allí estaba él, esperándola para darle suerte siempre, pero no le encontró. Ni en el portal, ni en el ascensor y, por supuesto, en casa tampoco.

Aun así, ella repasó todas y cada una de las estancias que había estado adecuando esos días. Habitación, salón y, por último, la cocina. Allí, en el mismo lugar donde le rozó la mano, encontró una nota:

"Estoy yendo.
Tardaré en llegar lo que me cueste subir al tercer piso.
Siempre tuyo"

Matías




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