234 km
Sabía que cuando terminase el relato, su vida habría cambiado para siempre. No habría decisión que tomar, pues la pregunta se habría respondido sola. ¿Debía marcharse con él?
Después de haber pensado 234 km sobre el tema, al llegar a casa, agarró un bolígrafo, un papel en sucio y el miedo que precede a la certeza y escribió:
"Se chupó los labios y le sabían a sal y a la brisa marina que la besó hace 5 años, pero no a primera hora de la noche, sino unas horas después, como si supiese que ella siempre dejaba lo que más le gustaba para el final.
Esa brisa marina, comenzó revolviéndole el pelo y acabó por revolver todas sus ideas.
Comenzó con la pereza de autobuses y grandes lecturas en muchos kilómetros y acabó con un gran manejo de su coche; ese que, durante años, solo había utilizado en la ciudad.
Comenzó con encuentros en lugares neutrales, uno cada fin de semana y acabó por descubrir sus propios hogares, siempre al lado del otro.
Comenzó con asombro y prudencia; él había hecho tantas cosas, vivido en tantos países y sabía tanto de todo (o si no, se lo inventaba con seguridad) que, a veces, ella, se sentía pequeña. Y acabó con asentimientos de osadía, también por su parte a lo que sabía y a lo que no, inventando juntos".
Pero ese acabó, estaba y está mal empleado. Porque nada ha acabado, todo sigue, todo evoluciona. No sé si seguirá.
El futuro incierto es maravilloso, pues te puede llevar a donde quieras, a donde queráis.



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