1200 palabras para un 2018
Parece que siempre esperamos al último momento para hacer
balance, valorar lo bueno o pensar en aquello que podríamos haber mejorado. Como
quien espera a hacer algo por su pareja cuando esta, ya le ha pedido un tiempo.
Para no lamentar, mejor adelantar.
A falta de algún que otro mes para despedir este año, alguna
que otra palabra para hacer balance. Llegaremos a 2019…
Los primeros minutos del año 2018, empezaron como los de los otros
veinte anteriores, que mi mente alcanza a recordar. 50 besos, 20 achuchones, quitar
la mesa para hacer pista de baile y música. Amigos que vienen a tomar copas
antes de salir, algunas llamadas de toda la vida... Un intento de videollamada con
la familia que está lejos. Bueno, familia que será, la que se está haciendo: italianos, cántabros,
rumanos. Brindis y algún que otro boomerang, que hay que modernizarse. Las líneas
de teléfono colapsadas. Los ruidosos Sáenz que imposibilitan la comunicación,
hasta en la misma sala. Las cinco. Las seis. El chocolate con churros después
de los bailes menos glamurosos. Año nuevo, las sobras, tanto de comida, como de
nuestros propios cuerpos. El paseo a los puestos de artesanía. Vitori está
bien. Vamos con los perros. Llegan los Reyes Magos, seguimos de celebraciones y
más ruido. Regalos, cena en el Tondeluna. Mi prima Lucía me maquilla. Primer
año que no voy al Actual, aunque sí que celebramos el cumpleaños de mi amiga
Ana. Maleta hecha para ir a Ecuador. ¡Ten
cuidado!, como recomendación. Primera vez, aunque las ganas estaban ahí desde
antes. Volamos a Quito, pero para pocos días. No deshago la maleta; no merece
la pena, pienso. Vemos el Pululagua. La ciudad Mitad del Mundo. El Abysmo. Las
cervezas artesanas ecuatorianas. ¡Menudo descubrimiento! “Pegan” más por la
altura o, al menos, eso parece. Vistas y fotos desde el Café Mosaico, todas
esas pequeñas luces, seguro que encierra una historia. Volamos a Guayaquil,
pero con retraso. Exámenes y trabajo. Conozco a algunos alumnos, invitaciones a
comer y platos típicos, copas y más regalos. La noria. El cielo nublado. El
Barrio de Las Peñas, te hace sentir pequeña. Al día siguiente, nuevas amigas,
las iguanas y vuelta a casa sola. Las vueltas siempre son duras. Demasiados
recuerdos. Te atan. Playa en enero, alguna que otra delicia de Santander, aunque
no puedas bañarte en agosto.
Cumpleaños de Marta y mi amiga Isa. Discusión de carnaval,
disfrazadas de flamencos. Hacerlo en el último momento, como siempre. Trabajo
mejor bajo un poquito de presión. Nieve en Febrero, lo recuerdo.
Boda en Bilbao. Hora de conocer al “coloca”. Coloca de colocataire o compañero de piso en francés. Un chico con bastante rollo, vestido al estilo marinero vintage piensa que visto bien. Resulta que es el sobrino de Francis Paniego y estamos media noche hablando de gastronomía. Llega el viaje a Lisboa para ver a Bob Dylan. No puedo creer que el vuelo de Bilbao a Madrid se haya retrasado tanto. Igual no llegamos, cada minuto cuenta. Corremos media terminal y nos están esperando. Menos mal. Un DNI caducado estropea todo. Llorar en tierra. Eso sí que no lo puedo creer. Ni plazas de tren, ni blablacar, ni posibilidad de alquilar un coche por menos de 500 euros. Solo autobús nocturno. Pastillas de valeriana para dormir algo. Pensaba que esas cosas te dejaban sin poder mover un brazo, pero resulta que solo te relajan tanto tanto, hasta que Badajoz te parece Córdoba. Comenzamos las visitas. Sin poner acento no te entienden los taxistas. Comemos bastante bien. Bus turístico con lluvia. Pasteles de Belem, dos veces. Fados, tranvía y Superbock. Varias veces.
Excursiones a la montaña en abril y yoga en la nieve. Comida
en el Corona. Visita a mis tíos en Irurtzun. Con este horario de trabajo,
llegamos tarde. Justo para pasear y buscar algún que otro hongo. Encontramos
huevos de rey para el revuelto de después.
Vino, cena, porros y partido del Barça. De postre, flan casero de Vitori
y milhojas de la Mariposa de oro que ha comprado mi primo por su cumpleaños. Whatsapps
que te traen amigos.
Mayo empieza siempre con “Concéntrico” y el trabajo que ha
hecho mi amiga Irene en el Festival. Vamos a su explicación. Vemos el anillo, las
estructuras de madera unidas con tiras de fisioterapia… Leyre decide su plaza,
su lugar; casi todas seguimos juntas en Logroño, pero seguimos siendo “nuestro
lugar". Cenamos en el Guardaviñas. Apúntate este, que volveremos a ir. Nuevo
lugar para los aquelarres de brujas. Además tiene buenos vinos. Voy camino
Soria. Es un descubrimiento, sobre todo las vacas. Aparte de la buena leche
para la buena mantequilla tienen cara de simpáticas. Bartolo, compañero, adiós,
gracias por los años. No celebro mi cumple hasta volver de Ecuador. Segundo
viaje. Esta vez tengo más tiempo para conocer más el país y ver a mis alumnas,
de nuevo, en el Mosaico, por primera vez, amigas. Centro histórico de Quito, La
Ronda. Otavalo. Las cascadas del Peguche, árbol centenario y el de la
fertilidad. Wladimir, conversaciones sobre la vida y la necesidad de tener
iniciativa y emprender. Los pies en el río. Granizo en Quito. Visita al
Pichincha y la promesa de ir al Ruco.
Vuelta a primeros de junio. Celebro mi cumpleaños. Vitori
está bien y todos lo ven. Hacemos comida ecológica: quinoa, pollo, brochetas de
fruta y flan. Cata del barrio de la estación en Haro. Hace calor y me quemo los
pies. El mejor vino, el Roda. La mejor siesta, en el césped. Damos la
bienvenida al ¡Hola Verano! en La Grajera. Flamenco, como hace 12 años, aunque
un poco peor. Por lo menos, el moño, ahora me queda mejor.
Comienzos en julio. Nuevas etapas, aires, blog. Tarde en Bilbao, noche en el BBK. Wonderwall y Gorillaz. Vito empieza a no estar bien. Peroblasco. Creo que debemos repetir. Humo, solo de colores. No de porro, aunque hubiese estado bien. ¿Dónde ponemos las tiendas? Aquí mismo. Cena y calimochos. Pies descalzos, conexión con la tierra. Risas, bailes, la rodilla de Mine. Amanecer. El sol de las 9. Sácate la armadura y ponte el pijama. Conexión con una parte profunda de mí. Vamos a dormir que es tarde o pronto y somos los que conducimos. Piscina en Arnedillo. Imagen de un bordillo.
Agosto y festival. Playa y agua caliente en Santander. Es flipante.
Primer día, un anillo que te recuerda que estás ahí por quinta vez. Camping con
Ana, como siempre. Tú, la incondicional. Único día que siento de festival, el
último. Izal. Aniversarios y compañía que es terapia. Vuelta a Logroño. Ella ya
no es que no esté bien, es que no está. Aunque hay compañía, necesito autoterapia.
Son días duros, pero ya sabías que no la podrías hacer eterna a través de tus ojalás.
Terapia de sol y mar, de leer, de beber, de caminar, de volver y acompañar.
Ha pasado el verano y
toca volver a trabajar, a la rutina, a las nuevas rutinas. Pero si algo
sé que queda, son los proyectos, las ganas, la ilusión para el futuro y, lo más
importante, la gente.
Salud y alegría para lo que está por venir, sea lo que sea,
pero siempre con los que cuentan.
Os invito a reflexionar…










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